Lo que primero hace el viaje del cuadro a la retina en la obra de Edgard Rodríguez, es el color. En ese pequeño itinerario de la pared al ojo, se podría creer que este artista nos asalta con una inmensa gama de colores, con una paleta de amplia cromía. Pero en realidad, y tal como lo pedía Picasso para su propia pintura, no son tantos los colores en los cuadros de Edgard Rodríguez: lo que ocurre es que por haber sido colocados con justeza, la ilusión de su número se hace maravilloso espejismo visual. Una segunda mirada, un segundo puente entre el ojo y la superficie pintada, nos devela un gran sentido de abstracción, o de la figuración desvaída que se hace entorno mágico.
Quizás Edgard Rodríguez, como los viejos oculistas, sabe que es ocultando como se muestra lo oculto. De ahí que bajo su fuerza cromática bajo la resonancia de su luz, Rodríguez nos deja entrever un espacio ritual, un sentido religioso en el sentido original: religión igual religare, reunión de varias estancias, de varias estaciones de un clima espiritual.
Aún en ciertas atmósferas viscerales y, por supuesto, en un erotismo fuerte y sutil a un mismo tiempo, como en el mejor arte erótico, su pintura hace, "entusiasmo y quietud". Tal como lo afirma Denis de Rougemont, "el Eros es el Deseo total, es la aspiración luminosa, el impulso religioso original elevado a la más alta potencia, a la extrema exigencia de pureza que es la extrema exigencia de Unidad".
Esos espacios míticos, totémicos, que hay en la obra de Edgard Rodriguez, entran en esta citada aspiración luminosa por medio de una sensualidad en el oficio, sí, pero también por medio de una observación que hace aparecer la abstracción en pequeñas zonas de lo figurativo.
Esos espacios míticos, totémicos, que hay en la obra de Edgard Rodriguez, entran en esta citada aspiración luminosa por medio de una sensualidad en el oficio, sí, pero también por medio de una observación que hace aparecer la abstracción en pequeñas zonas de lo figurativo.Hay en toda esta pintura algo ritual, algo que ennoblece la cotidianidad exaltándola a un estadio estético, a un goce visual que tiene mucho de espiritual aún en los cuadros más agresivos.
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Edgard Rodríguez sabe con Kandinsky que "todos los medios son santos si son interiormente necesarios" y que "todos los medios son pecaminosos si no proceden de la necesidad interior". Porque lo que se advierte en la pintura de Rodríguez es una voluntad estética por crear nexos entre un adentro y un afuera del mundo, entre la observación interior, el buceo espiritual por "su" adentro, y el festejo sensorial de "un" afuera cargado de significados. Es quizás en ese encuentro, en ese hallazgo en la superficie de cada uno de sus cuadros, donde la luz descompuesta que es todo color, se hace lugar de asombros, sensualidad.
Otro aspecto del cual está cargad el arte de Rodríguez es el carácter onírico, la pincelada más pensante que pensada, con intenciones que escapan a la servidumbre racional. Alguien dijo que las verdaderas intenciones no son conscientes. Acá, en esta obra, la intencionalidad, la idea preconcebida en torno a una estética, ceden al impulso de un vértigo pictórico equilibrado por una sensualidad del color.

No pareciera el color buscado, sino, más bien, el color predestinado al cuadro. Como ocurre con la poesía, con la mejor poesía, en donde la palabra sonora o premeditada es desalojada por la palabra justa, por el además certero. Y todo esto, sin esa manera fría que crea la composición mecanizada, sin las armonías deliberadas y huecas que plasman los pintores academizantes.
Y por sobre toda la obra de Edgard Rodríguez, por el ámbito en donde se cuelgan sus obras, nos queda flotando la premisa de Paul Klee cuando participaba de la idea del artista como "medium", como vaso comunicante con el "seno de la naturaleza".
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